/ sábado 30 de octubre de 2021

[Ocio] Desde Huazulco llegan las calaveritas típicas de la temporada

Durante décadas, la elaboración del dulce de amaranto ha sido una tradición en el pueblo de la zona oriente

Muchas calaveras. Por todas partes hay. En Huazulco, una comunidad perteneciente a Temoac, ha erigido su economía en torno a la producción de amaranto, las calaveras que se fabrican con esta semilla para la fiesta del Día de Muertos se encuentran a granel en todas las calles del pueblo. Dentro de las casas, las familias trabajan hombro a hombro en pequeños espacios que han acondicionado como talleres.

“Hacemos dulces de amaranto desde que tenemos uso de razón. Yo empecé con mis papás”, cuenta Esther Barreto Morales, responsable del taller de la fábrica Tzopelcalli, la casa de los dulces, ubicada sobre la carretera Emiliano Zapata, quien con blusa negra y delantal naranja, con la mirada antigua pero las manos ágiles, envuelve las calaveras en trozos de celofán, sellándolas con una plancha caliente.

La gente mayor de Huazulco, que hoy cumple con las labores menos demandantes en los talleres, se ha encargado de transmitirle a sus hijos y nietos todo lo que saben. Los hijos y nietos, por su parte, se han encargado de buscar la forma de hacer las cosas más sencillas, aunque la fabricación de calaveras de amaranto sigue siendo un trabajo intensivo, pues lo mismo requiere de fuerza y agilidad como de creatividad.

“Antes todo se hacía manual, pero hace cuatro años empezamos a usar esta máquina revolvedora. Anteriormente se hacía a mano, ahorita la máquina facilita un poco el trabajo. De todos modos, cuando se nos va la luz, el muchacho tiene que revolver a pala”, explica Esther Barreto.

El proceso

Todo empieza en los cazos en los que, a fuego lento, se cuece el piloncillo hasta llegar al “punto de caramelo”. Así lo llama Esther. El “punto de caramelo” es el estado en que el piloncillo está listo para fundirse con la miel y, una vez mezclados, ambos están listos para combinarse con el amaranto.

“Es cuando ya está muy espeso y listo para mezclarse con el amaranto. Enseguida se agrega la miel y comienza el proceso de revoltura”.

Al unirse a la mezcla de piloncillo y miel el amaranto se convierte en una masa moldeable que es trasladada a una primera mesa. A partir de aquí empieza el trabajo manual.

“Se revuelve bien, perfectamente, de modo que no se deshaga”, agrega Esther.

En la hechura de las calaveras de amaranto cada paso es importante y en este taller los trabajadores han aprendido a hacerlo con rapidez y pasión, desde las manos que toman el molde de barro para darle forma al cráneo, hasta la envoltura final que sella la presentación con la que se envían al mercado. Entre uno y otro extremo la decoración es probablemente la única fase en la que hay espacio para la creatividad, pero no para los errores garrafales.

“En el decorado cada quien usa su creatividad con los colores que quieran, de modo que la calaverita se mire llamativa y bonita”.

Al mando de Esther y su esposo, Jorge Morales, el equipo está conformado por Luis, José, Karla, Hortencia, Mary, Adriana y Michelle, todos habitantes del pueblo que, diariamente, se reúnen en este lugar para fabricar productos de amaranto que no sólo se venden en Huazulco y otras partes de Morelos, sino también en otros estados de la República, incluyendo la Ciudad de México.

La calavera de amaranto

Las calaveras de amaranto hoy son dulces típicos que adornan las ofrendas de millones de hogares en todo el país, pero su origen es más bien dramático y poco agradable ante nuestros gustos actuales. Para comprenderlo hay que echar un vistazo a las costumbres de nuestros ancestros, cuando los cráneos de las personas fallecidas eran conservados en diferentes rituales como símbolo del fin de la primera etapa de la vida.

En el altar o tzompantli (en náhuatl, hilera de cráneos), los aztecas ensartaban estas partes del cuerpo de los guerreros aztecas vencidos en honor a las deidades, una costumbre que horrorizó a los españoles pero que no logró desaparecer del todo a pesar de las labores de evangelización. Incapaces de lograr que los aztecas renunciaran a la colocación de ofrendas, los españoles sustituyeron los huesos por una técnica llamada “alfeñique”, una mezcla de azúcar, clara de huevo, gotas de limón y una planta de nombre chaucle.

Con el tiempo, las calaveras de alfañique recibieron a un nuevo miembro de la familia.


Muchas calaveras. Por todas partes hay. En Huazulco, una comunidad perteneciente a Temoac, ha erigido su economía en torno a la producción de amaranto, las calaveras que se fabrican con esta semilla para la fiesta del Día de Muertos se encuentran a granel en todas las calles del pueblo. Dentro de las casas, las familias trabajan hombro a hombro en pequeños espacios que han acondicionado como talleres.

“Hacemos dulces de amaranto desde que tenemos uso de razón. Yo empecé con mis papás”, cuenta Esther Barreto Morales, responsable del taller de la fábrica Tzopelcalli, la casa de los dulces, ubicada sobre la carretera Emiliano Zapata, quien con blusa negra y delantal naranja, con la mirada antigua pero las manos ágiles, envuelve las calaveras en trozos de celofán, sellándolas con una plancha caliente.

La gente mayor de Huazulco, que hoy cumple con las labores menos demandantes en los talleres, se ha encargado de transmitirle a sus hijos y nietos todo lo que saben. Los hijos y nietos, por su parte, se han encargado de buscar la forma de hacer las cosas más sencillas, aunque la fabricación de calaveras de amaranto sigue siendo un trabajo intensivo, pues lo mismo requiere de fuerza y agilidad como de creatividad.

“Antes todo se hacía manual, pero hace cuatro años empezamos a usar esta máquina revolvedora. Anteriormente se hacía a mano, ahorita la máquina facilita un poco el trabajo. De todos modos, cuando se nos va la luz, el muchacho tiene que revolver a pala”, explica Esther Barreto.

El proceso

Todo empieza en los cazos en los que, a fuego lento, se cuece el piloncillo hasta llegar al “punto de caramelo”. Así lo llama Esther. El “punto de caramelo” es el estado en que el piloncillo está listo para fundirse con la miel y, una vez mezclados, ambos están listos para combinarse con el amaranto.

“Es cuando ya está muy espeso y listo para mezclarse con el amaranto. Enseguida se agrega la miel y comienza el proceso de revoltura”.

Al unirse a la mezcla de piloncillo y miel el amaranto se convierte en una masa moldeable que es trasladada a una primera mesa. A partir de aquí empieza el trabajo manual.

“Se revuelve bien, perfectamente, de modo que no se deshaga”, agrega Esther.

En la hechura de las calaveras de amaranto cada paso es importante y en este taller los trabajadores han aprendido a hacerlo con rapidez y pasión, desde las manos que toman el molde de barro para darle forma al cráneo, hasta la envoltura final que sella la presentación con la que se envían al mercado. Entre uno y otro extremo la decoración es probablemente la única fase en la que hay espacio para la creatividad, pero no para los errores garrafales.

“En el decorado cada quien usa su creatividad con los colores que quieran, de modo que la calaverita se mire llamativa y bonita”.

Al mando de Esther y su esposo, Jorge Morales, el equipo está conformado por Luis, José, Karla, Hortencia, Mary, Adriana y Michelle, todos habitantes del pueblo que, diariamente, se reúnen en este lugar para fabricar productos de amaranto que no sólo se venden en Huazulco y otras partes de Morelos, sino también en otros estados de la República, incluyendo la Ciudad de México.

La calavera de amaranto

Las calaveras de amaranto hoy son dulces típicos que adornan las ofrendas de millones de hogares en todo el país, pero su origen es más bien dramático y poco agradable ante nuestros gustos actuales. Para comprenderlo hay que echar un vistazo a las costumbres de nuestros ancestros, cuando los cráneos de las personas fallecidas eran conservados en diferentes rituales como símbolo del fin de la primera etapa de la vida.

En el altar o tzompantli (en náhuatl, hilera de cráneos), los aztecas ensartaban estas partes del cuerpo de los guerreros aztecas vencidos en honor a las deidades, una costumbre que horrorizó a los españoles pero que no logró desaparecer del todo a pesar de las labores de evangelización. Incapaces de lograr que los aztecas renunciaran a la colocación de ofrendas, los españoles sustituyeron los huesos por una técnica llamada “alfeñique”, una mezcla de azúcar, clara de huevo, gotas de limón y una planta de nombre chaucle.

Con el tiempo, las calaveras de alfañique recibieron a un nuevo miembro de la familia.


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